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La emboscada de Pandébano

Me gusta leer, quizás lo haga con menos frecuencia de la que debiera, de ser cierto aquello de que la sabiduría está en los libros, de todas formas, todo ejemplar que caiga en mis manos ya se puede dar por jodido…que diga…por leído. Soy un lector compulsivo,para mal o para bien y lo reconozco. Nunca me gustó dejar las cosas a medias y cuando abro una tapa, a poco interés que el susodicho me merezca y salvo volúmenes sobredimensionados, en 24 ó, a lo sumo, 48 horas, ha de estar liquidado. Que no me van las medias tintas, vaya…

En los albores de este postrero de los siglos y tras una serie de préstamos y carambolas, acabó por caer en mis manos un libro titulado: “Los que se echaron al monte”. Ese fue, quizás, el primero que no fui capaz de leer, pese a su modesto grosor, ni en 24, ni tan siquiera en 48 horas. Las historias de aquellas gentes sin futuro, en lucha perpetua y desigual contra los elementos y los “elementos” (si, si…sé lo que quiero decir, tenían en contra a los elementos naturales y a los “elementos” de verde, azul ó negro: los unos de capa, los otros de camisa, los últimos con sotana), escondiéndose como alimañas, sufriendo hambre, penalidades y represión, para acabar muriendo… ¿cómo héroes ó como villanos?… me obligaba a apartar la vista periódicamente de aquel mundo turbulento, sangriento y tan injusto como real, para desconectar un rato.

Una vez que me familiaricé con nombres como Bedoya, Juanín, Gildo, Tampa, Cariñoso ó Machado, empecé a imaginarme como serían aquellos pueblos donde vivieron: Bejes, Tresviso, Sotres…y aquellos montes donde murieron: la Cordillera Cantábrica ó los Picos de Europa. Este, entre otros, fue el detonante de mí primer acercamiento a los calizos vigías del Cantábrico, una vez conocidos, volver era solo cuestión de tiempo, cogerles cariño un acto reflejo.

La historia que a continuación reproduzco de entre varios de los últimos libros publicados sobre la guerrilla que operó en la zona sur-oriental astur y en el occidente cántabro, habla de Pandébano, de Peña Vieja, de Machado y de una fiesta que acabó tornándose en tragedia.

Es Pandébano una verde pradería salpicada de cabañas y situada en el macizo central de los Picos de Europa, tan próxima a Sotres como alejada de Bulnes o a la inversa, pues es más o menos parecida la distancia que la separa del primero como la que le distancia del segundo. Era Pandébano una zona poco frecuentada por la Benemérita años atrás, quizás y por fortuna, tan poco frecuentada como a día de hoy.

Aquella mañana de finales de Abril de 1945 la infinita ladera de los Albos, igual que cualquier otra mañana de cualquier otro mes de uno u otro año, se alzaba en regular y pronunciada pendiente desde las profundidades de los Llanos del Tornu, por debajo del Monte del Acebucu…por encima de Bulnes, hasta estrellarse contra el cielo a los 2445 metros, allí donde el pico señero del trío, el del Neverón del Albu, tiene su cima.

El Duje bajaba, como lo venía haciendo desde tiempos inmemoriales, caudaloso y cristalino a buscar el no menos cristalino cauce del Cares allá en Poncebos. El “Picu” se intuía, altivo y majestuoso, tras el collado Vallejo y la primavera había llegado, por fín, para quedarse, tras los duros meses de oscuridad y frío.

Nada podía hacer pensar que aquel fuera un día excepcional. Solo las noticias llegadas desde Europa eran capaces de engrandecer aquella rutinaria jornada para el grupo de perdedores en aquella ya añeja guerra entre hermanos, que ocupaban uno de los invernales situado en las faldas de Peña Maín. En Alemania, el monstruo nazi acababa de capitular ante el empuje de los aliados y si todo seguía las pautas lógicas, también el caudillo tenía los días contados, motivo más que suficiente para organizar una comida de hermandad con la que celebrar la cuenta atrás de su agónica cruzada.

No pensaban lo mismo Gildo ni Daniel Rey, dos de los integrantes de la brigada poco dados a vender la piel del lobo antes de ser cazado, motivo por el que no conseguían encontrar sentido a tan prematura celebración, retirándose, en solitario y por su cuenta, a un invernal a las afueras de Tresviso.

Dado que la Guardia Civil era más que probable que no se aventurara a acercar por aquellas latitudes, fueron varios los vecinos de Sotres,todos de confianza, que aceptaron la invitación de los emboscados para compartir mesa y mantel y ya desde primera hora de la mañana, poco a poco, se fueron acercando al invernal. Acudió también a la cita uno de los guardas de los Picos de Europa, habitual compañero de conversación en tantas y tantas ocasiones, por entre aquellos solitarios peñasqueros y desventíos. Allá sobre las 11:00 h de la mañana, el susodicho, se ausentó con la excusa de ir a controlar las cabras, tardando poco más de una hora en volver a incorporarse a la fiesta, llegando justo a tiempo para tomar asiento y ponerse a comer, nada de extraño tuvo aquella ausencia.

Cuando apenas si había dado la primera dentellada, una docena de números de la Guardia Civil, que hasta ese momento habían estado sigilosamente tomando posiciones alrededor del invernal, abren fuego. Las balas silban contra el calizo muro de la rudimentaria construcción, rompiendo el silencio de la primaveral mañana, mientras las armas rechinan, encauzando la furia de quienes las empuñan.

Los guerrilleros, desconcertados, se amilanan de puertas hacia adentro, haciendo oídos sordos a toda invitación a la rendición y toda promesa vacía, aferrándose a la desesperada y remota posibilidad de aliarse con la noche, como única vía de escape de aquella repentina ratonera.

El asedio se intensifica durante las siguientes horas, convirtiendo a la endeble cabaña en un auténtico bunker, desde cuyo interior, los sitiados, resisten a duras penas el envite de la Guardia Civil. Sin apenas munición y con escasos agujeros en las fachadas, desde los que posicionarse, con ciertas garantías de éxito en el disparo, la situación va poco a poco convirtiéndose en dramática.

Enfrente de la cabaña, en uno de los flancos de esta y a pocos metros, una piedra solitaria es, quizás, el único parapeto que ofrece ciertas garantías para ampliar el ángulo de disparo. Llegar hasta ella se antoja complicado, pues no hay más salida que la puerta y esta está más que de sobra custodiada, pero es la única e ínfima posibilidad que los guerrilleros tienen para romper el cerco.

Ceferino Roiz, “Machado”, jefe de la brigada Guerrillera de los Picos de Europa (rebautizada con su nombre después de su muerte) y al mando de todos y cada uno de aquellos desesperados hombres, en una no menos desesperada maniobra, abre la puerta, con la intención de burlar la vigilancia de la Benemérita y sale de la cabaña, acompañándose de una ráfaga de fusil, quizás tras hacer explotar una bomba de piña. No acaba de cruzar el umbral cuando, desde las alturas, un fusil escupe una bala envenenada que le atraviesa el pecho, cayendo instantánea e irremisiblemente desplomado.

A duras penas, sus compañeros, aciertan a arrastrarle de nuevo hacia el interior del invernal, pero su suerte ya está echada y este, sabedor de que está herido de muerte, le ruega a su primo, Santiago Rey, que le remate. El eco sordo de una bala inundó el invernal, incrustándose en su sien, rompiendo la tarde de aquel 22 de abril, entremezclándose con el contínuo silbar de las sucesivas ráfagas, provenientes del exterior y dando muerte al carismático líder guerrillero. Tenía 42 años, fue una víctima más de una guerra, que en estos remotos, pueblos duró mucho más que en ningún otro rincón del país.

Las horas pasan y las noticias de la emboscada empiezan a correr, de boca en boca por Sotres, como un reguero de pólvora. Allá en las proximidades de Tresviso un hombre solitario aprovecha los últimos rayos de un sol que amenaza con desplomarse para ir camino del invernal. Con paso firme se presenta ante la oscura puerta, que abre sin dudar. En su interior Gildo y Daniel dormitan, ajenos a toda noticia del exterior. El hombre, que además de paisano es enlace, les comunica la dramática situación de sus compañeros y antes siquiera de dejarle acabar, el primero, nervioso, salta como una exhalación para partir de inmediato en su ayuda. Daniel, por su parte, insiste en que les advirtió que no celebrasen la fiesta y, alegando que se encuentra cansado, da media vuelta y sigue acostado.

En solitario, con un ritmo febril y sabedor de la gravedad de los acontecimientos, Gildo no tarda en presentarse en Pandébano. Agazapado por encima del invernal, quizás bajo la majada Sotarraña, estudia la posición de cada uno de los asaltantes y se sitúa a cubierto tras una piedra. Abriendo fuego sin dudar y cambiando constante e incesantemente de posición tras cada disparo, consigue herir a varios Guardias Civiles y mata a otros dos, el resto, creyéndose haber caído en una emboscada y estar rodeados, se baten en retirada.

Cuando, ya a salvo, los guerrilleros abandonan el invernal y salen a campo abierto, a recoger las armas de los Guardias muertos, en el bolsillo de uno de estos descubren una nota firmada por el guarda, en la que se les informa de lugar, fecha y hora de la fiesta. Aunque de momento ninguno quiere hacer saltar la liebre, ya no caben dudas sobre quíen les delató.

Una vez fue pasando el susto inicial, todos juntos emprenden marcha, a camuflarse de nuevo en algún otro lugar de estas montañas. Los guerrilleros siguen con su vida, los invitados a la comida, estrenan una nueva, de penalidades y clandestinidad y el guarda, para no levantar sospechas, se une a unos y otros, convencido de que nadie sabe de su traición y de que en un despiste se escabullirá de la comitiva.

Los vecinos de Sotres involucrados en este suceso fueron, con el tiempo, y gracias a la intercesión de autoridades y altos mandos de la Guardia Civil, poco a poco, entregándose y tras pasar una temporada en la prisión provincial, pudieron reincorporarse a la vida civil.

Peor suerte corrió el guarda, que pagó su traición pocos días después del suceso. Juanín, el que se convirtiera, con los años, en el más famoso de los emboscados que operaron en esta zona astur-cántabra, no tardó en enterarse del suceso de Pandébano, y en cuestión de horas partió hacia los “Picos”, a entrevistarse con sus compañeros, para que le contaran los pormenores del suceso y reorganizar la brigada, tras la muerte de su mas alto mando y amigo.

Puesto al corriente de la traición del guarda, sin acusarle aún en ningún momento explícitamente, decidió ser él quien tomara cartas en el asunto, invitándole a marcharse en su compañía, con dirección a Liébana. El guarda, confiado, aceptó, sabedor de que así tenía más posibilidades de volver en solitario a Sotres, allí tendría el amparo de la Benemérita.

Cuando caminaban por las proximidades de Peña Vieja, con dirección, quizás, al Collado de la Canalona, Juanín cargó el arma y le pegó un tiro en la nuca, matándolo en el acto. Más tarde lo lanzaría a una profunda sima cercana, apropiándose de sus prismáticos, los cuales le acompañarían hasta el día mismo de su muerte, en 1957.

Son estas, historias amargas de una década convulsa y carente de sentido que nunca debió haber existido, pero que no se debe olvidar. No hay mejor medicina para no tropezar dos veces en la misma piedra, que echar de vez en cuando la vista atrás y concienciarnos de que no todo tiempo pasado hubo de ser mejor.

Nota: relato basado en lo recogido en el libro “La Brigada Machado”, de Antonio Brevers

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